2019/11/18: VII Jornadas de Desierto On-line

El tema de este año será: "Espiritualidad evangélica con Carlos de Foucauld".                                                                              

Convocatoria de las VII Jornadas de Desierto On-line

Se celebrarán del 18 al 24 de Noviembre, con el tema "Espiritualidad evangélica con Carlos de Foucauld".                                 

Un sacerdote ermitaño entrega su vida siendo "buen samaritano" de musulmanes

Artículo publicado en https://www.portaluz.org el día 26 de Julio de 2.019.                                                                      



"Cristo no se encuentra fuera de usted. Se encuentra en usted: es más de lo que usted misma es. Él vive en usted, sufre en usted, de modo que no deja un instante de pertenecerle…" (Albert Peyriguère)


 
Nació Albert Peyriguère como hijo de una familia obrera en Trébons, a escasos 15 kilómetros de Lourdes. Desde muy joven, inspirado por el carisma de Charles de Foucauld, sería un hombre sin mujer, sin hijos, que abrazaría a los pobres de un credo distinto al suyo, como si fuesen su propia familia. Todo ello por amor a Cristo.

Un signo de cuanto tocó el alma de esos prójimos musulmanes, queda plasmado en el momento de su funeral, cuando un joven bereber honrando al “morabito” (hombre santo), el ermitaño discípulo de Foucauld, se levanta y lee un poema que reza así:

“El morabito no tenía familia ni hijos, todos los pobres eran su familia, todos los hombres sus amigos. A los hambrientos dio de comer, a los desnudos regaló sus ropas. Él cuidó a los enfermos, él defendió a los sometidos injustamente. Él llevó consigo a los que no tenían casa. Todos los hombres eran su familia, todos los hombres eran sus amigos. Dios le muestre misericordia”

Caminando por el desierto
 
En efecto, desde que fuese ordenado sacerdote en Bordeaux con apenas 23 años, Albert (ver en imagen adjunta de la época) sin aún conocer a Charles de Foucauld comenzó a identificarse con su carisma: fundir en su vida la dimension contemplativa y la activa; al igual que se unen el madero vertical y el horizontal para formar la cruz.
 
Pero antes de poder llegar a su destino eremita en el desierto, tierra de musulmanes, fue obediente al obispo asumiendo la dirección del Seminario Menor de Bordeaux. Cuando estalló la primera guerra mundial pidió servir como enfermero, siendo baleado varias veces al arriesgar su vida por salvar a los heridos y cayendo finalmente preso de los alemanes. Condecorado al término de la guerra por su heroísmo, pidió ser enviado al norte de África a recuperar la salud, aunque su anhelo era predicar a Cristo entre los musulmanes y otros pueblos que no conocían al Hijo de Dios.

Estando en Túnez llegó a las manos de Albert una biografía de Charles de Foucauld y entonces comprendió a cabalidad su misión radicándose como eremita en un territorio de bereberes semi-nómades de la cadena montañosa Atlas Medio, cercano al pueblo El Kbab (cerca de Khenifra).

Se insertó allí por 30 años compartiendo el tiempo entre la vida contemplativa desde su eremita y luego levantando un centro de salud para servir a las familias musulmanas de ese territorio que vivían en la extrema pobreza; como también enfrentándose al colonialismo francés que explotaba esas gentes. Así les mostraba el rostro paterno de su Dios y aprovechaba de hablarles de las enseñanzas del Hijo de Dios, Jesús.

Adorador de Cristo Eucaristía
 
En todo buscaba Albert que brillase Cristo y así lo confidencia en cartas que escribe a una religiosa: “Cristo no se encuentra fuera de usted. Se encuentra en usted: es más de lo que usted misma es. Él vive en usted, sufre en usted, de modo que no deja un instante de pertenecerle… No puede llegar ya a diferenciar a Cristo de usted. No siente ya vivir en sí, desea sólo sentir a Cristo que vive en usted”.

Tras el paso de los años, externamente su rostro llegó a parecer el de un bereber. Pero el corazón de Albert permanecía inquieto durante el día a la espera del momento que mas anhelaba su alma… cuando estando solo en su eremita, doblando las rodillas ante el misterio, pasaba horas en Adoración Eucarística nocturna. Allí, arropado por el Espíritu Santo, le parecía que Cristo mismo oraba en su alma a Dios Padre.

El sacerdote eremita Albert Peyriguère falleció el 26 de abril de 1.959

En su edición impresa en italiano del 27 de julio de 2.019, L’Osservatore Romano concluye una breve crónica sobre Albert señalando que “sus restos, del jardín de la humilde residencia de El Kbab, fueron trasladados el 21 de julio de 2.010 a Midelt, a 1500 metros de altitud, en la abadía de Notre-Dame de l'Atlas, donde los cistercienses trapenses continúan la experiencia del monasterio argelino de Thibirine, el de los monjes mártires, sacrificados en 1.996”.

Canto a Carlos de Foucauld por Bonifacio Cantarero


Un canto humilde al legado de nuestro hermano universal Carlos de Foucauld con todo el respeto y admiración que se merece este gran beato.



Video: Es el Amor, como en Nazaret


 «Mi apostolado debe ser el de la bondad. Que al verme, digan: "Si este hombre es bueno... su religión debe ser buena"». Carlos de Foucauld, 1.909.
 

La oración en Carlos de Foucauld

Carlos de Foucauld aprendió la oración contemplativa desde un profundo e intenso estudio de los evangelios.                                 

Carlos de Foucauld aprendió la oración contemplativa desde un profundo e intenso estudio de los evangelios; él pasó tiempo con Jesús en su Palabra; maravillado y admirado, y luego imitaría acabadamente las prácticas de Jesús que encontró allí.
 
En el silencio del desierto, el Hermano Carlos a menudo pasaba 5 horas cada día en silencio, meditando ante el Santísimo Sacramento. En otras ocasiones, realizaba prolongados y solitarios retiros en el desierto del Sahara.
 
Estas experiencias de trato amante con el Señor, los guardaba en cuadernos en los que registraba sus prácticas de oración y contemplación. Desde allí nos lega su “magisterio”:
 
- " Aprendamos de Jesús", escribió el Hermanito. Y a renglón seguido nos enseña precisamente “el método” de ese aprendizaje: 'vigilar' e 'imitar', 'venir y ver'".
“Mirar, vigilar e imitarlo claramente”.
Jesús mismo le y nos sugirió este método tan simple para lograr la unión con Él y como camino de perfección para sus apóstoles. Las primeras palabras que les dijo en las orillas del Jordán a Andrés y Juan cuándo se le acercaron fueron estas y no otras: Vengan y vean.
"Ven": es decir, sígueme, ven conmigo, sigue mis pasos; imítame, quédate conmigo, contémplame.
  
- “Toda la perfección se encuentra en la presencia de Dios y en la imitación de Jesús”.
Es perfectamente obvio que cualquiera que haga lo que Jesús hizo es perfecto. Así que debemos dedicarnos de todo corazón a imitarlo (una tarea más dulce que la miel para el corazón amoroso, como una necesidad urgente para el alma amorosa, una necesidad que se vuelve más apremiante a medida que el amor se vuelve más ardiente) y observarlo a él, el Esposo buscador (Una tarea no menos dulce ni indispensable para amar).
  
Desde esa búsqueda apasionada de imitar al Bienamado hermano y Señor nos describe los deseos de su corazón rudo y enamorado:
" Quien ama, se pierde y entierra en contemplación de la persona amada". [Escritos Espirituales, pág. 152]
“Cuando uno ama, anhela estar siempre en conversación con Aquel a quien ama, o al menos estar siempre a su vista. La oración no es otra cosa. Esto es lo que la oración es: relaciones íntimas con el Amado. Lo miras, le dices de tu amor, eres feliz a sus pies, le dices que vivirás y morirás allí”. [Charles de Foucauld, Orbis books, pág. 92]
 
Mientras buscaba en las Escrituras pistas sobre la experiencia de oración de Jesús, y descubrió varias maneras que tenía el Sr. de dirigirse al Padre y sugirió que deberíamos imitar su ejemplo.
 
Jesús a menudo oraba contemplando; en silenciosa adoración durante toda la noche:
Es decir que la "contemplación, tranquila y silenciosa adoración, lo que la transforma a la más elocuente de las oraciones; tibi silentium laus [Silencio que alaba]. Esta clase de silenciosa adoración es la que más confirma una declaración de amor apasionado; así como el amor, expresado en admiración asombrosa, es el amor más ardiente ".
  
En segundo lugar, Jesús a menudo expresaba acción de gracias y regocijo:

 "Primero por la gloria divina, por el hecho de que Dios es Dios, luego acción de gracias por las gracias otorgadas al mundo y a todas las cosas creadas".   
En tercer lugar, Jesús ora pidiendo perdón:
 "Perdón por todos los pecados cometidos contra Dios, perdón por quienes no lo piden, y no expresan contrición y dolor por ver a Dios ofendido".
Finalmente, Jesús a menudo hacía peticiones para personas individuales y por todo el mundo.

Perlas en el desierto

Evangelizar hoy con el latido de Carlos de Foucauld (Para una espiritualidad foucauldiana).                                                  
Autor: Antonio García Rubio  

  
ISBN: 9788428832816
 
Fecha publicación: 01/06/2.018
 
Encuadernación: Rústica
 
Núm. páginas: 288
 
Editorial: PPC

Antonio García Rubio (Guadalix de la Sierra, 1.951) es sacerdote de la diócesis de Madrid. Ha sido párroco en Bustarviejo, Valdemanco, Miraflores de la Sierra, en la Sierra pobre de Madrid, en el barrio de Tetuán de la capital y en Colmenar Viejo. Actualmente ejerce pastoralmente en la Cañada Real Galiana de Madrid. Ha puesto en marcha residencias de ancianos en varios de esos pueblos y ha abierto albergues para los "sin techo". Miembro del Consejo Presbiteral de Madrid. En leer, escribir, orar, gustar del silencio monástico, pasear por la montaña, conversar y relacionarse con otras personas, gasta sus horas libres.
  
Este libro ofrece unas reflexiones pastorales para este momento de la vida de la Iglesia. Reflexiones que inciden en este aspecto necesario y prioritario: no habrá evangelización posible si no hay evangelizadores a la altura de lo que pide hoy la historia. Estos pensamientos son producto del encuentro con el beato Carlos de Foucauld. Humildemente –dice el autor–, con este hombre del desierto, raro y extraño como pocos cristianos, se pueden iniciar caminos nuevos de evangelización y de espiritualidad en este siglo XXI , llamado a ser místico o a no ser.
  
Escuchemos, pues, al eremita del desierto y sus preciosas perlas con las que poner en marcha lo que los monjes llaman la «obra de Dios». Tarea compleja, pero no imposible.
  
Índice: 
  • Presentación
  • Semblanza del hermano Carlos de Jesús
  • Introducción. Los pasos previos para el evangelizador
  • Primera perla: laicos bautizados bañados en fuego
Adentrarse en las aguas
Solo los bautizados adultos serán capaces de afrontar la evangelización del tiempo presente
Síntesis de la primera perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Segunda perla: la conversión agranda el temple del aventurero
Fraguar y conformar un hombre de fe
Rodillas clavadas en el barro
Vividores convencidos y danzantes
Síntesis de la segunda perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Tercera perla: el pájaro solitario se enamora del pueblo de Dios
La herida del ego
La determinación del pájaro
Pasar la prueba del silencio y sus tentaciones
El canto del Evangelio llega hasta la raíz
Síntesis de la tercera perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Cuarta perla: el abrazo reciclado
Desgastar el tacto en amores
Nutrirse de aquellos otros abrazos
Una aventura frágil
Reciclar abrazos
Abrazos en las periferias
La perla fina
El primer y el último abrazo
Síntesis de la cuarta perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Quinta perla: la locura que sana locuras
Crear ambiente
El encuentro con la locura
La locura callada
La gran locura
Síntesis de la quinta perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Sexta perla: el fracaso que levanta fracasados
El cosechador de fracasos
Interpretar el fracaso con san Agustín
Aprender a fracasar junto a los fracasados
Síntesis de la sexta perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Séptima perla: el silencio que deshiela la mente
Purificar y reparar nuestras personas
Fundamentarse en el silencio
El silencio que anonada
Síntesis de la séptima perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Octava perla: la soledad vacía, puerta al infinito
La soledad que vacía o emociona
Calmar la sed de amor
Fecundar la historia desde la soledad
Síntesis de la octava perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Novena perla: anonadarse en la diversidad poliédrica
Sentirse bien tratado
Acercamiento comprensivo al otro
¿Evangelizar a un dios menor?
Síntesis de la novena perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Décima perla: encarnarse en los últimos crea pequeños
El último puesto
Atravesar la vida en última clase
El amor al ídolo
La resonancia divina
La Iglesia junto a los humildes
Síntesis de la décima perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Undécima perla: la cruz destila vida no contaminada
Perplejos
El don pasa por la cruz
La cruz vierte sangre inocente
Ganarse la credibilidad social
Síntesis de la undécima perla descubierta en el desierto de Foucauld
  • Duodécima perla: la sinfonía de la naturaleza y de las culturas
La pasión por el otro y su cultura
El cuidado de la Tierra
La fe se transmite de tú a tú
Sinfonía de naturaleza y culturas
Síntesis de la duodécima perla descubierta en el desierto de Foucauld

Escondido en Nazaret

Charles de Foucauld llegó a la ciudad de Jesús para imitar su vida escondida y pobre. Allí descubrió un modelo para conjugar la acción y la contemplación.


Artículo publicado el 4 de enero de 2.019 en Alfa y Omega por Antonio R. Rubio Plo.
Charles de Foucauld, el hombre que escogió la soledad del Sáhara para estar más cerca de Dios y de los tuaregs, había renunciado a toda ambición de poder terreno. No le faltaron antes prestigio e influencia en los círculos diplomáticos y militares franceses, y sus orígenes sociales le hubieran ayudado para forjarse una carrera eclesiástica. Su renuncia venía del convencimiento de que la humildad es inseparable de la fe, pues ser creyente es incompatible con el orgullo y el deseo de la estima de los hombres. De ahí su afirmación de que para creer es necesario humillarse. Con todo, no se limitó a seguir los pasos de otros cristianos, en los que primaba la meditación y el estudio.
Estos aspectos no faltaron en la existencia de Foucauld, aunque habrían resultado incompletos sin el amor a Dios y al prójimo, sin la armonía entre la vida activa y la contemplativa. Sobre este particular, escribió: «Cuánto más se ama, mejor se reza».
Foucauld descubrió en la vida escondida de Jesús en Nazaret un modelo para conjugar la acción y la contemplación. Uno de los episodios más trascendentales de su biografía es su estancia en la ciudad de Jesús entre 1897 y 1900. Se trata de un período en el que aún no era sacerdote y muy probablemente hubiera deseado permanecer allí el resto de su vida. Contemplar similares cielos y paisajes a los que acompañaron a Jesús niño, adolescente y joven podía considerarse una especie de paraíso particular. Luego estaba su jornada diaria, donde compatibilizaba el trabajo manual al servicio de una comunidad de clarisas con las prácticas de piedad: Misa, rosario, liturgia de las horas… Tampoco faltaban en esta agenda largos períodos de meditación personal para ahondar en los evangelios y anotar cuidadosamente todas las mociones que llegaban a su espíritu. No es exagerado afirmar que Nazaret podía haber sido el Tabor de Charles de Foucauld, e incluso pasó por su cabeza en aquella época construir una cabaña en otro monte de Galilea, el de las bienaventuranzas, para dedicarse a la contemplación. 19 siglos atrás Pedro ya había querido hacer tres cabañas en el Tabor. Se estaba tan bien allí, con Jesús, Moisés y Elías, que el apóstol se olvidó de sí mismo. Una voz le devolvió a su realidad: «Este es mi Hijo el amado: escuchadle» (Mc 9, 7).
Esta invitación a seguir la voluntad de Jesús también la escuchó Foucauld, de un modo más sosegado y paulatino, en su cabaña de madera junto al convento de las clarisas de Nazaret. Había llegado allí para imitar la vida escondida y pobre de Jesús, para trabajar por el día y orar largamente durante la noche. Vive momentos de una intensa paz, en los que exclama: «Dios mío, todo se calla, todo duerme, estoy aquí a tus pies». La oración de la noche se nutre de la lectura de los evangelios. Pasajes breves, o como mucho medio capítulo, a modo de gotas de agua que van cavando la roca de su entendimiento. Las gotas son las palabras y los ejemplos de Jesús que deben impregnar toda vida cristiana.
Las anotaciones de Foucauld abarcan los cuatro evangelios, pero el que algunas enseñanzas de Jesús solamente aparezcan en algún evangelio en concreto, también le sugiere algo. Un ejemplo, el de esta cita, repetida a menudo en sus escritos: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 41). Aquí hay todo un programa de vida que llevará a Charles de Foucauld a dejar su particular Tabor, aunque no lo hará para caer en el activismo de las obras que dejan poco tiempo para la espiritualidad. Tendrá siempre muy claro que a Dios se le glorifica verdaderamente no porque lo que se hace sino por lo que se es.
Quien ha leído con frecuencia a grandes autores espirituales que comentan el Evangelio, como san Juan de la Cruz, aprende que la auténtica sabiduría reside en el amor. Foucauld pretende «ser el amigo de todos, buenos y malos, el hermano universal». No precisará de vibrantes y eruditas predicaciones, aunque sea capaz de hacerlas. Su forma de anunciar el Evangelio, al que ha abierto su entendimiento en el silencio de la noche, será, sobre todo, la amistad y la cercanía con las personas.
La vida de Foucauld es un luminoso ejemplo de que la caridad consiste, más que en dar, en compartir: sufrimientos, desgracias, esperanzas, alegrías… Los años de contemplación en Nazaret marcarán para el ermitaño del Sáhara una escuela del aprendizaje de saber vivir con otras personas. ¿A qué aspira Foucauld en su soledad de Nazaret? A ser alguien que conoce, ama, imita y sirve más y mejor a Jesús. Medita con frecuencia el Evangelio de Mateo, y allí encontrará una de las directrices con la que guiará su vida: «Buscad el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6, 33). Quien practica esto, no tiene por qué inquietarse acerca de si es preferible la vida activa o la contemplativa. Escribe en un comentario a este pasaje: «Busquemos solo a Dios, su bien, su gloria, su servicio; y nuestro bien y el del prójimo se nos dará por añadidura».